Este libro escrito en 1886 describe la
historia de Don Pedro Moscoso, marqués
de Ulloa, que vive aislado en el ambiente embrutecido de sus pazos,
dominio de sus propios sirvientes. Con Sabel, hija de su criado Primitivo, el
marqués tiene un descendiente bastardo, al que llaman Perucho. Cuando Julián,
el nuevo capellán, llega al pazo, insiste al marqués para que busque una esposa
adecuada, por lo que este contrae matrimonio con su prima Nucha, lo que no
impedirá que vuelva a sucumbir al amor ilícito de su sirvienta.
UN PEQUEÑO FRAGMENTO
“Las pupilas del angelote rechispeaban; sus
mejillas despedían lumbre, y dilataba la clásica naricilla con inocente
concupiscencia de Baco niño. El abad, guiñando picarescamente el ojo izquierdo,
escancióle otro vaso, que él tomó a dos manos y se embocó sin perder gota;
enseguida soltó la risa; y, antes de acabar el redoble de su carcajada báquica,
dejó caer la cabeza, muy descolorido, en el pecho del marqués.
-¿Lo ven
ustedes? -gritó Julián angustiadísimo-. Es muy chiquito para beber así, y va a
ponerse malo. Estas cosas no son para criaturas.
-¡Bah!
-intervino Primitivo-. ¿Piensa que el rapaz no puede con lo que tiene dentro?
¡Con eso y con otro tanto! Y si no verá.
[…]
-¿Qué
tal? -le preguntó Primitivo-. ¿Hay ánimos para otra pinguita de tostado?
Volvióse
Perucho hacia la botella y luego, como instintivamente, dijo que no con la
cabeza, sacudiendo la poblada zalea de sus rizos. No era Primitivo hombre de
darse por vencido tan fácilmente: sepultó la mano en el bolsillo del pantalón y
sacó una moneda de cobre.
-De ese
modo… -refunfuñó el abad.
-No seas
bárbaro, Primitivo -murmuró el marqués entre placentero y grave.
-¡Por
Dios y por la Virgen! -imploró Julián-. ¡Van a matar a esa criatura! Hombre, no
se empeñe en emborrachar al niño: es un pecado, un pecado tan grande como otro
cualquiera. ¡No se pueden presenciar ciertas cosas!
Primitivo,
de pie también, mas sin soltar a Perucho, miró al capellán fría y socarronamente,
con el desdén de los tenaces por los que se exaltan un momento. Y metiendo en
la mano del niño la moneda de cobre y entre sus labios la botella destapada y
terciada aún de vino, la inclinó, la mantuvo así hasta que todo el licor pasó
al estómago de Perucho. Retirada la botella, los ojos del niño se cerraron, se
aflojaron sus brazos, y no ya descolorido, sino con la palidez de la muerte en
el rostro, hubiera caído redondo sobre la mesa, a no sostenerlo Primitivo”.
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